El Día que Dos Emblemas me Hablaron
Estaba mirando el keikogi de Soke en una fotografía y algo me detuvo.
El emblema de Hatsumi Soke
Masaaki Hatsumi Soke es el fundador
de la Bujinkan, la organización que agrupa nueve escuelas marciales tradicionales
japonesas y que tiene practicantes en todo el mundo. Su emblema es austero y
poderoso al mismo tiempo: dos kanji en escritura dorada sobre un fondo de azul
índigo profundo, el color del keikogi, el color del cielo antes del amanecer,
el color de lo que existe más allá de lo visible.
Esos dos kanji son 武神 — Bujin — y
significan Guerrero Divino. Son también el corazón del nombre de su
organización: Bujinkan, la Casa del Guerrero Divino.
Cada uno de esos caracteres porta un
mundo adentro.
El primero, 武 — Bu — parece
referir simplemente a lo marcial, a las artes de guerra. Pero su raíz
etimológica esconde una paradoja que define todo el Budō. El kanji combina dos
elementos gráficos: detener y lanza. No es el que
blande la lanza — es el que tiene el poder de detenerla. El guerrero verdadero
no busca el conflicto. Tiene la capacidad suficiente para impedirlo. La fuerza
como instrumento de paz, no de dominación.
El segundo, 神 — Shin o Kami —
refiere a lo divino, al espíritu, a aquello que trasciende la técnica. No es la
divinidad de una religión específica. En la tradición japonesa es la fuerza que
anima las cosas, lo que está más allá del control consciente. Hatsumi Soke
repite que no entrenamos para ser luchadores. Entrenamos para convertirnos en Bujin:
seres cuyo movimiento es natural, sin esfuerzo, conectado con las leyes del
universo. El estado donde la técnica desaparece y solo queda el espíritu.
El emblema de Hatsumi apunta hacia
afuera y hacia arriba. Lo divino es algo externo, algo hacia lo cual el
practicante camina. Es la fuente. Es el origen. Es el linaje transmitido en oro
sobre la oscuridad.
Mi emblema
El mío tiene una historia
completamente diferente — y esa diferencia es exactamente lo que hace
extraordinario lo que descubrí.
Cristian Petrocello, Daishihan de la
Bujinkan y alumno directo de Hatsumi Soke, referente en Argentina, me envió un
regalo: una pintura sobre una hoja con kanji y trazos caligráficos. No vino
acompañada de una explicación. Solo de una consigna breve: investigá su significado.
Yo no investigué en ese momento. Y un
día tomé la pintura, le agregué un dragón porque me gustó estéticamente, la
cerré con un círculo y la adopté como emblema personal, un juego. Sin saber lo
que significaba ninguno de sus elementos. Sin ninguna intención filosófica.
Solo porque algo en ese conjunto me pareció bello y verdadero, aunque no
pudiera decir por qué.
Los kanji que Petrocello me regaló
son 武心和 — Bu-Shin-Wa.
Tres caracteres. Tres mundos.
武, Bu, lo marcial — el
mismo carácter exacto que abre el emblema de Hatsumi Soke.
心, Shin o Kokoro,
el corazón, la mente interior, el centro de donde nace toda acción genuina. No
la fuerza externa sino la fuente interna. El asiento de la conciencia y la
emoción en la tradición japonesa.
和, Wa, la armonía, la paz,
la unión. No como ausencia de conflicto sino como su superación. La meta que el
Budō propone como destino del camino marcial.
Juntos forman una frase filosófica
completa: la armonía del corazón marcial. El poder de lo marcial no
como fin sino como camino hacia la paz interior, y ese camino pasa
necesariamente por el corazón.
El dragón que agregué sin saber nada
es en las tradiciones orientales el símbolo de la sabiduría, la fuerza natural
y la adaptabilidad. No la bestia destructora del imaginario occidental sino el
ser que fluye entre mundos, que transita sin resistencia, que su poder no
ejerce, sino que irradia. Es exactamente la metáfora del movimiento ideal en el
Budō: fluido, potente, sin rigidez interna.
El círculo con el que cerré el diseño
es un Enso, el círculo de pincel zen. Trazado de un solo
movimiento, sin correcciones, representa simultáneamente el vacío y la
plenitud, lo completo y lo inacabado, el universo y el estado interior del que
lo traza. Lo usé como contenedor de todo lo demás sin saber que estaba
declarando, de manera inconsciente, que todo lo que hay dentro del emblema
ocurre dentro de un espacio de conciencia abierta y sin límites.
Y hay algo más que descubrí. Lo que
en principio interpreté como la firma del artista resultó ser otra cosa. En el
sector inferior izquierdo aparecen kanji más pequeños: 天龍, Tenryū, que
significa Dragón Celestial. Es el nombre del dojo central dirigido
por Petrocello, del que depende todo el linaje en Argentina. Debajo aparece el
nombre de mi propio dojo: Ninkio Dojo Honto, el lugar donde
practico. Y más abajo, el sello rojo cuadrado, el hanko, que en la
tradición japonesa certifica y autentica.
Mi emblema no era solo un diseño
personal. Era un documento de linaje completo. Contenía la enseñanza, el origen
de esa enseñanza, el lugar donde se practica, y el sello que lo certifica. Todo
dentro del Enso. Todo abrazado por el dragón. Y yo no sabía nada de
nada cuando lo adopté.
El hilo que no vi hasta hoy
Cuando puse los dos emblemas lado a
lado la primera vez lo que vi fue la diferencia. El de Hatsumi es austero,
dorado, vertical. El mío es dinámico, circular, lleno de movimiento. Pensé que
eran dos cosas distintas.
Pero cuando empecé a investigar los
kanji, algo se detuvo.
武. El mismo carácter. El mismo trazo.
El mismo origen.
No es una coincidencia de diseño. Es
el mismo carácter transmitido por el mismo linaje. Hatsumi lo puso en el nombre
de su organización. Petrocello me lo regaló inscripto en una pintura. Yo lo
adopté sin saber lo que era. El kanji viajó desde el fundador de la Bujinkan
hasta un practicante de 8º kyu en Argentina a través de una cadena de
transmisión que no necesitó explicaciones para funcionar.
Pero el hilo va más profundo que ese
carácter compartido.
El emblema de Hatsumi habla del
guerrero que accede a lo divino externo, al Kami, a la fuerza que
trasciende al individuo. Es el polo de la fuente, del origen, de la tradición
que viene de lejos. Lo divino está afuera, es aquello hacia lo que uno camina.
Mi emblema toma ese mismo poder
marcial y lo lleva adentro. Bu — lo marcial — pasa por Shin —
el corazón — y produce Wa — la armonía. No es un recorrido
paralelo al de Hatsumi. Es su continuación natural. Es lo que ocurre cuando la
fuente externa se interioriza: la fuerza que venía de afuera se convierte en
paz que surge de adentro.
Son dos momentos del mismo camino. El
emblema de Hatsumi describe el punto de partida: el guerrero que encuentra lo
divino. El mío describe el destino: el corazón que se transforma en armonía.
Juntos trazan el arco completo del Budō tal como Hatsumi Soke lo enseña.
Y yo lo armé sin saberlo.
La sorpresa
Aquí es donde debo ser completamente
honesto, porque sin esa honestidad el texto pierde todo su sentido.
Tengo 80 años. Soy 8º kyu. Llevo poco
tiempo en el tatami. Me considero un ignorante marcial en el sentido más
literal y sin falsa modestia. No conozco personalmente a Cristian Petrocello.
No he tenido ningún contacto directo con Hatsumi Soke. Soy un principiante que
recibe clases en un dojo que depende de un Shidoshi que depende de un Daishihan
que depende del Soke. Estoy en el extremo más alejado del linaje.
Y sin embargo armé un emblema que
vibra en la misma frecuencia que el del fundador de la Bujinkan.
No porque sea especial. No porque
tenga un mérito particular. Sino exactamente por lo contrario: porque no sabía
lo suficiente como para interferir. Porque no tenía años de hábitos
incorrectos, ni certezas que defender, ni ego marcial que proteger. Llegué al
emblema vacío, y el vacío dejó pasar algo que la mente llena hubiera bloqueado.
En el Budō esto tiene un
nombre: mushin, la mente sin mente. El estado donde la acción
ocurre sin la interferencia del pensamiento consciente. No es ausencia de
inteligencia — es inteligencia que opera más rápido y más profundo que el
razonamiento deliberado. Elegí el dragón porque me gustó y el dragón era
exactamente el símbolo correcto. Cerré con un Enso porque me
pareció bello y el Enso era exactamente el contenedor
correcto. No lo supe. Lo sentí. Y resultó ser lo mismo.
Hay otro concepto que ilumina lo
ocurrido: ishin-denshin, la transmisión de corazón a corazón. Lo
que viaja entre el maestro y el alumno sin necesidad de palabras, lo que se
deposita en el cuerpo y en la intuición a través de la práctica repetida y atenta.
Cada Sanshin, cada Kihon Happo practicado con
presencia va dejando algo en el practicante que el practicante no puede ver ni
medir. Y un día ese algo produce decisiones que resultan ser correctas. Sin
saber por qué.
La consigna de Petrocello —investigá
su significado— no era un encargo. Era una enseñanza. En la tradición japonesa
el maestro que te da algo sin explicarte qué es y te pide que descubras su
sentido está usando una pedagogía antiquísima: la transmisión indirecta. No te
doy la respuesta. Te doy la pregunta. El camino hacia la respuesta es la
transmisión misma.
Y el regalo ya contenía el linaje
inscripto. Tenryū, Ninkio, el sello. Todo estaba ahí.
Yo solo lo recibí sin distorsionarlo.
Eso es lo que descubrí esa tarde
mirando dos emblemas.
Que la tradición no espera a que la
entiendas para empezar a operar. Que el linaje viaja de maneras que exceden la
instrucción formal. Que a veces la ignorancia honesta recibe cosas que el
conocimiento hubiera filtrado. Y que dos personas que nunca se han visto — un
Soke en Japón y un principiante de 80 años en Argentina — pueden compartir, sin
saberlo, el mismo corazón marcial.
武心和.
La armonía del corazón marcial.
No la elegí. Me llegó.


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