Reflexiones de un estudiante novel (de 80 años) sobre el sentido común en el Taijutsu
Escribo esto con 80 años y un grado kyu inicial. Soy observador, curioso y no compro nada a libreo cerrado. No hablo desde la ignorancia juvenil ni desde la arrogancia del que todo lo sabe. Hablo desde la observación de alguien que ha visto décadas de modas pasar y sabe que lo sólido tarda en construirse.
A veces, en la práctica diaria, uno puede perder de vista lo esencial. Entre términos en japonés y la acumulación de técnicas que se suceden rápidamente, surge la pregunta inevitable: ¿cuál es el verdadero propósito de este camino?
Como estudiante y observador, percibo que con frecuencia se prioriza la cantidad de contenido o la rapidez en avanzar, cuando en realidad el fundamento es lo que sostiene todo lo demás.
Estoy convencido de que el aprendizaje del Taijutsu se apoya en tres pilares básicos: ukemi (rolidos), Sanshin y Kihon Happo. Sin una comprensión profunda de estos fundamentos, cualquier técnica avanzada corre el riesgo de convertirse en una forma vacía, sin raíz.
La maestría no consiste en acumular movimientos, sino en volver al principio hasta que el cuerpo responda de manera natural, sin necesidad de pensamiento consciente.
Masaaki Hatsumi desarrolló su arte sobre la base sólida que le transmitió Takamatsu. Pero no partía de cero: a sus 26 años ya era un artista marcial consumado que buscaba algo superior. Esa base previa le permitió integrar y adaptar el conocimiento con libertad. El problema no es imitar a Soke. El problema es pretender su misma libertad creativa cuando uno todavía no ha construido el suelo firme que él ya traía.
El factor silencioso: el tiempo de entrenamiento
Hay un dato que casi nunca se menciona: Hatsumi viajaba a ver a Takamatsu y entrenaba en sesiones prolongadas hasta el agotamiento, una vez por semana. Hoy, como mucho, vamos al dojo tres veces por semana, una hora y media o dos. En un mes, Hatsumi acumulaba decenas de horas de entrenamiento concentrado e intensivo con su maestro. Un alumno actual, apenas 24 horas fragmentadas si es constante. La diferencia es abismal.
Con semejante brecha, es imposible que el mismo método de enseñanza funcione igual. Y sin embargo, a menudo se pretende transmitir el mismo volumen de técnicas. El resultado es inevitable: se acumula contenido sin asimilar los fundamentos.
La trilogía del aprendizaje: qué, por qué, para qué, cómo
En el entrenamiento moderno, muchas veces se enfatiza el «cómo» (la forma externa de la técnica), dejando en segundo plano niveles más profundos:
El «para qué»: el propósito. No entreno para la exhibición, sino para la autonomía y la capacidad de respuesta personal a lo largo de la vida.
El «por qué»: la comprensión biomecánica y lógica del movimiento. Entender esto reduce la necesidad de memorizar variantes, porque la técnica se vuelve consecuencia natural del principio.
Desde mi lugar de observador, y sin pretender enseñar lo que aún estoy aprendiendo, me parece que valdría la pena dedicar más tiempo a corregir y profundizar lo básico, a dar los fundamentos del qué, el para qué, el cómo y el porqué, antes de agregar una nueva técnica. No al revés.
Obstáculos contemporáneos
Uno de los problemas actuales que veo, es el exceso de terminología en japonés, que en ocasiones actúa como barrera más que como ayuda. Cuando el lenguaje se convierte en misticismo innecesario, puede ralentizar la comprensión real del movimiento.
A esto se suma una tendencia, quizás bienintencionada, a introducir contenido nuevo con frecuencia para mantener el interés del alumno. El problema es que la novedad constante puede convertirse en un obstáculo: si el estudiante no ha integrado lo anterior, cada técnica nueva agrega peso sin agregar raíz.
Traducir el arte a la realidad
Las armas tradicionales tienen valor formativo, pero el sentido común nos recuerda que hoy la utilidad cotidiana se expresa de otras formas: un bastón, la distancia, la conciencia situacional o incluso objetos comunes. No se trata de abolir la espada o el shuriken. Se trata de no olvidar que Takamatsu y Hatsumi mismos adaptaron el arte a su tiempo. Mi generación —y la de cualquiera que entrene hoy— también puede hacerlo: entrenar los mismos principios, pero con la mirada puesta en objetos reales del siglo XXI.
Lo importante no es la forma del instrumento, sino los principios de distancia, tiempo y control.
Hatsumi no llevó el Bujinkan al mundo para que se convirtiera en un museo de técnicas del siglo XVI. Salió de Japón porque entendía que el arte vivo respira en cada tiempo y en cada lugar. Respetar las fuentes no es congelarlas; es volver a beber de ellas para entender nuestra propia realidad.
Entrenar con consciencia, entonces, no es solo una forma de práctica: es una forma de respeto hacia el arte y hacia uno mismo. Y a mis 80 años, he aprendido que el respeto empieza por no apurar el paso cuando aún no se ha aprendido a caminar.
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