Bujinkan: mi camino entre ética, autonomía y práctica consciente
En este texto comparto mi visión personal sobre la práctica del Bujinkan, enfocándome en la filosofía y la relación humana con maestros y compañeros. No hablo de técnica, grados ni ceremoniales, sino de cómo la constancia, la ética y la independencia guían mi aprendizaje y sostienen mi camino.
Cuando comencé a practicar en Bujinkan, no lo hice buscando grados, exámenes ni reconocimiento. Mi objetivo fue siempre buscar un camino, aprender a evitar el conflicto, y desarrollar la capacidad de defenderme sin lastimar innecesariamente si la situación lo exigía. Desde el primer día entendí que la práctica marcial no era un espectáculo ni una competencia: era un camino de transformación personal.
En este recorrido, me enfrenté a varias tensiones entre la ética de la práctica y la estructura jerárquica de la organización. Observé cómo, en muchas artes marciales tradicionales, la jerarquía puede volverse rígida, transformando la relación alumno-maestro en algo más formal que humano. En mi dojo, el maestro local sigue esta estructura: respetamos la jerarquía, pero a veces la sensación de “intocables” limita la espontaneidad y la interacción directa.
Un ejemplo claro fue cuando, en broma, le propuse a mi maestro enviar una invitación a Noguchi para compartir un asado y que conociera cómo vivimos los argentinos. La respuesta fue inmediata: “eso es imposible, estás hablando de un intocable”. Lo mismo ocurrió cuando mencioné a su propio maestro. Desde mi experiencia, y comparándolo con mi vida profesional conduciendo equipos dispersos, no veo por qué un maestro no podría aceptar una invitación de cortesía. Esto me hizo reflexionar sobre la distancia que a veces genera la estructura formal, y cómo esto puede limitar la relación humana que debería existir entre alumnos y maestros.
Otro ejemplo fue cuando propuse a un compañero más avanzado practicar juntos en un parque, sin intención de aprender nada nuevo ni enseñar. Su respuesta fue: “no, es una falta de respeto al maestro, yo no estoy autorizado a enseñar”. Ahí comprendí que muchos practicantes internalizan la jerarquía hasta el punto de impedir prácticas espontáneas y complementarias. Sin embargo, yo continué practicando por mi cuenta, integrando lo aprendido a mi rutina semanal. Esta experiencia reforzó mi convicción de que la práctica verdadera no depende de permisos ni horarios, sino de la constancia y la conciencia de cada uno.
A lo largo de todo esto, mi postura ha sido clara: no soy seguidor de nadie, ni en política, deporte o cualquier otro ámbito. Aprendo de mi experiencia, de la práctica constante y de la reflexión personal. Esta autonomía me permite filtrar la estructura formal y quedarme con lo que realmente aporta a mi camino. No compro membresías, sellos ni símbolos identificatorios; uso indumentaria por cortesía y fabrico mis propias armas de práctica. Entiendo que los shinobi y los samurái actuaban por necesidad, no por ceremonialismo, y trato de incorporar esa lógica a mi práctica.
Mi experiencia confirma que la jerarquía puede ser útil para transmitir técnica y disciplina, pero nunca debe reemplazar la humanidad y el juicio personal. Un maestro ético debería alegrarse de que un alumno practique, incluso fuera de horarios o del dojo, porque eso refleja interés y compromiso genuinos. Las estructuras rígidas que limitan la práctica o las interacciones humanas pueden, paradójicamente, reducir la calidad de la enseñanza y del vínculo entre maestro y alumno.
En este sentido, mi camino en Bujinkan no depende de la estructura formal ni de la mercantilización que a veces observo en seminarios o membresías. Sí, depende de la práctica constante, la ética, la reflexión y la independencia de pensamiento. Mi experiencia refleja lo que MH ha promovido en sus enseñanzas: la práctica como camino personal, flexible, consciente y fundamentado en la ética, más que en títulos, ceremoniales o símbolos externos.
Hoy, mientras continúo este camino, soy consciente de que mi aprendizaje es inicial, aunque constante, y que la verdadera riqueza de la práctica está en la relación con el arte, con los maestros y con uno mismo, no en la acumulación de grados ni en la obediencia ciega. Bujinkan, desde mi visión, es una oportunidad para cultivar la autonomía, la ética y la resiliencia personal, mientras se respeta la tradición y se mantiene viva la humanidad en la relación maestro-alumno.

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