La perfección imperfecta: lo que el kihon happo le enseña a una mente occidental
Tengo una frase que uso como principio de conducta: actuar desde un centro controlado hacia un mundo abierto, asumiendo plenamente las consecuencias. No la elegí primero y después le busqué una justificación. Fue al revés: la práctica marcial y el kihon happo me hicieron dar cuenta de que ya actuaba así, y recién ahí pude ponerlo en palabras, siguiendo la línea que baja de Soke Takamatsu a Soke Hatsumi. Tengo otra frase, más corta, que uso como eslogan de mi práctica: en búsqueda de la perfección imperfecta. Las dos apuntan a lo mismo. Este texto explica por qué.
Aclaro algo antes de seguir: soy un estudiante novel, 8vo kyu, recién
empezando el camino formal del Bujinkan. Lo que sigue no es doctrina ni
comentario autorizado sobre la filosofía de Soke Takamatsu y Soke Hatsumi, que
todavía conozco de forma parcial. Es intuición: cosas que fui sintiendo en el
cuerpo, con la repetición, antes de tener el vocabulario o el grado para
nombrarlas con precisión.
El
cuerpo aprende lo que la cabeza no puede aprender sola
Vengo de una cultura que da por sentado que hay que entender algo antes de
poder hacerlo bien: primero la teoría, después la práctica. El kihon happo
funciona al revés: se repite una forma miles de veces sin que nadie explique
del todo por qué es así, y el entendimiento llega después, como resultado de la
repetición, no como requisito previo. Al principio esto molesta. Se siente como
actuar a ciegas. Con el tiempo entendí que no es ceguera: hay un tipo de
conocimiento que solo se adquiere repitiendo con el cuerpo, no explicándolo con
palabras.
No
hay técnica perfecta: hay respuesta adecuada a esto, ahora
La cultura occidental busca protocolos: un método correcto que funcione
siempre igual, para poder competir y medir resultados. El linaje que Soke
Hatsumi recibió de Soke Takamatsu hace lo contrario: nunca enseña la misma
técnica dos veces de forma idéntica, porque la situación tampoco se repite
igual. A eso Soke Hatsumi lo llamaba henka, variación. Ahí está el
sentido de mi eslogan: la perfección que busco no es ejecutar una forma pura e
inmutable, es ajustarme por completo a una circunstancia que no va a volver a
darse igual. Por eso hablo de perfección imperfecta: no persigo un ideal fijo,
persigo la adecuación total a lo que pasa en cada momento. Son dos formas de
entender la excelencia que no van juntas, y elijo una.
Centro
controlado, mundo abierto
Mi primer principio sigue la misma estructura que sanshin no kata:
primero una postura estable —tierra, base— y desde ahí, recién desde ahí, se
avanza hacia lo abierto, hacia lo que no tiene forma fija. El centro controlado
no es un destino, es la base necesaria para entrar en lo que no se controla. Y
la segunda parte de la frase —asumiendo plenamente las consecuencias— dice algo
concreto: una vez que se entra en lo abierto, el resultado ya no depende solo
de uno. Lo único que sí depende de uno es cómo entra y cómo responde.
Competir
no es lo mismo que sobrevivir
Quiero marcar una distinción, aunque sé que se puede discutir: la del
deporte frente al arte marcial, entendidos como actitudes y no como
instituciones. En cualquier deporte —un tablero, un tatami con reglas, una
cancha— las dos partes se enfrentan para ganar. En una guerra también se busca
ganar. El arte marcial, en cambio, no se practica para llegar al
enfrentamiento, sino para evitarlo, sabiendo que se cuenta con las herramientas
para resolverlo si no queda otra. El deporte necesita reglas: sin ellas no hay
juego. El arte marcial entrena para el momento en que esas reglas ya no
aplican. Ahí, ganar no es vencer al otro: es que el conflicto no haya sido
necesario. Y si lo fue, ahí sí, sin reglamento, se usa lo que se entrenó.
El
vocabulario que falta: aprender a caer
Hay algo que distingue a una disciplina que forma para la vida de una que
solo forma para el resultado: si tiene o no un vocabulario explícito para la
derrota. Enseñar a ganar es fácil; pocas tradiciones se toman en serio enseñar
a caer. En el kihon happo, ukemi —el arte de caer— se entrena con la
misma seriedad que cualquier técnica de ataque, y en algunas líneas se entrena
primero. Eso indica una prioridad clara: el fracaso no queda afuera de la
práctica, es parte de ella.
Esto tiene una consecuencia fuera del tatami. Es común ver, en el deporte
infantil, a un adulto que festeja el daño causado al rival y se enoja o se
calla ante la derrota del propio hijo. Ese adulto no está enseñando una
técnica, está enseñando un criterio: que el valor de la persona se mide por el
resultado, no por cómo actuó. Repetido durante años, el cuerpo puede volverse
ágil y fuerte, y seguir siendo rígido por dentro frente al fracaso. La técnica
se automatiza; el criterio con que se la recibe, no, salvo que alguien lo
trabaje de forma explícita. Ningún sistema, por más doctrina escrita que tenga,
garantiza por sí solo esa segunda enseñanza. Hace falta que alguien la señale
en el momento en que aparece la frustración.
Lo
que queda
Dejando de lado la terminología japonesa, que todavía no domino y uso más
como referencia que como autoridad, esto es lo que el kihon happo le deja a una
mente occidental: que el cuerpo aprende cosas antes que la razón; que no hay
forma perfecta, hay respuesta adecuada a cada situación; que hace falta una
base estable, no para quedarse en ella sino para poder moverse sin perder el
eje; que la fuerza no se mide por cuánto se destruye sino por cuán poco hace
falta destruir para resolver; y que nada de esto se aprende diciéndolo. Se
entrena, durante años, y sirve exactamente en el momento en que ya no hay
reglas ni testigos que lo validen.
Esa es, por ahora, mi perfección imperfecta

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